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    <title>Gabriel Albiac (El Debate) feed</title>
    <link>https://www.eldebate.com/autor/gabriel-albiac/</link>
    <description>Scraped feed for Gabriel Albiac (El Debate)</description>
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      <title>De un necio a un desalmado</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20261005/necio-desalmado_465898.html</link>
      <description>La retórica política ha retrocedido un siglo. Nadie puede ignorar que eso es anuncio infalible de lo peor. Todo empezó con un necio. Se cierra en un desalmado</description>
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      <pubDate>Mon, 05 Oct 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Todo esto comenzó con Zapatero. Es lo más enigmático. De los siete hombres que han ido sucediéndose en la presidencia del Gobierno, ninguno tan impecablemente necio: esto es, tan «carente de saber». Los ha habido, sin duda y a gusto de la clientela, más sórdidos, más delirantes, más perversos: son atributos, todos ellos, que cuadran bien  al político. Pero un grado de ignorancia como el de aquel sujeto al cual la tragedia del 11-M proyectó a la Moncloa, no es posible detectarlo en actor alguno de la política europea en el último siglo. Ni aun sus mejores amigos –si es que los tuvo– podrían defender otra cosa. Había que escuchar a los tales amigos en la víspera de las imprevisibles jornadas de 2004. Cuando todos te explicaban, con pérfida sonrisa, cómo, ya que las elecciones estaban perdidas, mejor dejar que se estrellara el más tonto. Pero ganó.</p><p class="paragraph">Lo de verdad sorprendente es cómo aquella nulidad sin fondo –«el bobo solemne», que acuñara el ingenioso insultador que fue Rajoy–, mutó la trayectoria de la España actual: lo que ninguno de sus predecesores había conseguido, confesémoslo. Como si, en eso de la política, nada pudiera ser más eficiente que la ausencia inmaculada de neuronas.</p><p class="paragraph">Hasta aquel 14 de marzo de hace veintidós años, todos pensábamos haber dejado atrás la mugre de una historia que, en el primer tercio del siglo veinte, condenó este país a la barbarie. Porque un país que se proclama dividido en dos mitades, cada una de las cuales sólo aspira a ver correr la sangre de la otra, no es una nación que merezca tal nombre: es una selva de predadores. La que viera, hace un siglo, desplegarse la ceremonial matanza en familia a la cual, con excesivo respeto, llamamos guerra civil. Carnicería.</p><p class="paragraph">En el gran deslumbramiento de final de siglo, el retorno de toda aquella miseria tercermundista parecía inimaginable. Fue, nos decíamos. En otro mundo. Más lejano de éste que el sistema estelar Alfa-Centauri. En otro mundo, de cuyos rencores y frustraciones creíamos –¡pobres ingenuos!– habernos puesto ya a salvo. Se podía despreciar la política. Aún más, a los políticos. Pero había, en ese desprecio incluso, una certeza propia de las sociedades modernas: que el político es cierta variedad turbia de servicio doméstico. Y que basta con pagarle bien y olvidarlo. Para poder dedicarnos a las cosas serias.</p><p class="paragraph">Y entonces llegó Zapatero. Con su Guerra Civil bajo el brazo. Y, cuando íbamos a soltar todos la carcajada del siglo, ante el anacronismo de aquel histriónico vengador retroactivo de legendarios abuelitos, todo el tablero español se puso en movimiento. Y los monstruos despertaron. Y el arcaísmo de los discursos electorales alcanzó chirridos a los que nuestro oído se había desacostumbrado. Y la modernidad saltó por la ventana. Para no volver. Es lo que pasa siempre, cuando el griterío de los afectos prima sobre la aritmética de las razones. Aquel tipo hablaba de 1936. Peor: hablaba en 1936. Y los electores, en lugar de mandarlo amablemente al museo de cera, lo votaban… Fue una sacudida de infantilismo de la que este pobre país no se ha recuperado.</p><p class="paragraph">¿El coste de aquel inesperado «éxito»? El país quedó roto en dos. Cuyas mitades clavaban las de 1934. Es demencial. Pero es. Y, si ahora un sujeto tan carente de escrúpulos como Sánchez puede aspirar a perpetuarse, a pesar del alud de delincuentes que compusieron su corte, es porque aquella reducción cainita de la nación a un  destriparse entre «los míos» y «los otros» ha vuelta arraigar aquí. Llevándose por delante cualquier esperanza de ser contemporáneos de nuestro propio tiempo. La retórica política ha retrocedido un siglo. Nadie puede ignorar que eso es anuncio infalible de lo peor. Todo empezó con un necio. Se cierra en un desalmado.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Marxología</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20261002/marxologia_465048.html</link>
      <description>«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». El erudito cinéfilo sabe que la atribución de esa cita a Groucho Marx es falsa. ¡Y qué más da! Esta otra es auténtica: «él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota». Infalible</description>
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      <pubDate>Fri, 02 Oct 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Dos citas. Para la eternidad ligadas al nombre de Groucho Marx:</p><p class="paragraph">–«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros».</p><p class="paragraph">–«Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota».</p><p class="paragraph">Una de las dos es falsa. ¿Cuál? Adivinanza sencilla para marxólogos curtidos. Naturalmente –suele pasar–, es una de esas mentiras más verdaderas que lo verdadero. Como Groucho aconseja –cita legítima– a los tiempos futuros, «citadme, diciendo que me citáis mal».</p><p class="paragraph">El actual presidente del Gobierno español es un hombre de principios. Casi tanto como hombre de principios era su patriarca don José Luis Rodríguez Zapatero. Una lógica elemental movería a pensar que acabará el primero en la misma autopista hacia el presidio, cuyo camino de cruz recorre ahora aquel a quien la onda de un 11M trágico depositó en la Moncloa. Pero no es sensato sacar conclusiones precipitadas. Dos talantes morales similares pueden, si el tiempo y las circunstancias así lo quieren, desencadenar efectos divergentes.</p><p class="paragraph">A Zapatero, parece ya difícil que consiga nadie ponerlo a salvo del abismo penal que se atisba en la instrucción del juez Calama. Sánchez puede todavía soltar lastre. Y sobrevivir. Soltó a Ábalos, tiró por la borda a Cerdán… ¿Acabará por no saber qué hacía en su domicilio la hija no licenciada de Sabiniano? Nadie deseche esa hipótesis: un momento cumbre. Groucho de nuevo. Con garantía de autenticidad: «Conozco a centenares de maridos que volverían felices al hogar si no hubiera una esposa esperándolos». ¿Qué mejor modo de volar libre de todas cuantas responsabilidades penales? ¿Qué garantía más segura de perpetuarse en el poder como el único honrado que entregó, uno tras uno, a todos sus corruptos, incluida la más preciada? ¿Recuerdan el maravilloso diálogo entre detective enamorado y asesina seductora al final de la obra maestra de Dashiell Hammett: «Si te condenan a veinte años, te estaré esperando… Si te ahorcan, siempre te recordaré»? Inmensa literatura.</p><p class="paragraph">Y, ¿cómo un hombre de principios podría afrontar lo que los lógicos llaman el imposible de enunciar simultáneamente «A» y «no-A»? Es sencillo. Esa variedad de delincuente que es el político profesional sabe que en la política nada cuentan las verdades. El inefable Zapatero lo había confesado en uno de los momentos más regocijantes de la historia editorial moderna. 2003. «Prólogo» a libro de su entonces colega Jordi Sevilla: «Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas». Patada al diccionario y hoguera al libro fundacional de Destutt de Tracy que acuñó el término ideología. ¡Bien hecho! Los diccionarios y la erudición tan sólo lastran al político. Para llegar a Zapatero, está exigido tener el cargamento neuronal de un Zapatero. Parece lógico. ¿Para llegar a Sánchez? No, lo fascinante es que, para llegar a Sánchez, no basta sólo con ser un buen plagiario de tesis doctorales.</p><p class="paragraph">Ejemplo.</p><p class="paragraph">Desagradables motines callejeros movidos por las consecuencias –buenas, malas o nulas– de lo que legislaron Boyer y Borrell. Quienes, guste o no, exhibieron el mismo carnet PSOE que hoy erige en banderín de enganche el yerno de Sabiniano. ¿Anulamos esas normas? Imposible: el más que conservador Junts nos cortaría el gaznate; o, de no hacerlo, sería el suyo propio el gaznate degollado por la aún más reaccionaria –que ya tiene mérito– Alianza Catalana. ¿Las mantenemos? Los escaños de la peripuesta señora Díaz y de las portavoces del tabernario señor Iglesias se irían al carajo.</p><p class="paragraph">¿«A» y «no-A», simultáneamente? ¡Qué tontería! ¿A qué pardillo podría pasársele por la cabeza jugar a la lógica en asuntos de cachicuerna y pescuezo? ¿Que, incluidos en un solo decreto, la eternidad y la no eternidad de los alquileres se contradicen? ¡Pues vaya simpleza! Se mete «A» en un decreto. Y «no-A» en otro distinto. Se aprueban –o no– por separado. ¡Y a ver quién nos viene ahora con cursiladas lógicas!</p><p class="paragraph">«Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». El erudito cinéfilo sabe que la atribución de esa cita a Groucho Marx es falsa. ¡Y qué más da! Esta otra es auténtica: «él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota». Infalible.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Los filántropos a los que amaba Zapatero</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260930/filantropos-amaba-zapatero_464169.html</link>
      <description>Aún seguimos preguntándonos, por ejemplo, qué carga tan importante contenían las faraónicas maletas de Delcy Rodríguez, como para exigir que fuera el número dos de Pedro Sánchez el que personalmente las protegiera en Barajas. Y las hiciera desvanecerse, sin dejar pistas, en la gomosa noche madrileña</description>
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      <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph"><i>Pecunia non olet</i>, «no huele el dinero». Lo menos malo que le puede suceder al que fue presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, es que las maletas que su correveidile &#39;Julito&#39; sacaba repletas en vuelos internacionales para hacerlas retornar vacías con el avión de vuelta, contuvieran sólo dinero. <i>Pecunia non olet</i>. No apesta, en sí, el dinero: esa curiosa entidad metafísica que permite intercambios universales de valor en la abstracción incorpórea más perfecta.</p><p class="paragraph">Si lo que había en la maletas eran los rectángulos de papel a los que una convención bancaria dota de valor en curso, todo está limitado a un proceder muy sencillo: fijar la cifra total de tales pedacitos de viajero papel-moneda, justificar su origen, su destino y pagar las tasas que a las previsiones impositivas correspondan. Si el peso de las maletas es tan alto cuanto las investigaciones policiales sugieren, la cifra a pagar parece considerable. Eso es todo. Pero no debe alarmar demasiado eso al enjoyado expresidente: ¡será por algo tan prosaico como la pasta!</p><p class="paragraph">El papel moneda dejó hace mucho de ser el único intercambiador universal. Al que fuera presidente francés Giscard d’Estaing le arruinó la vida un intercambio más a la altura de sus manías de grandeza: los aceptados diamantes del asesino Bokassa trocaron al suntuoso político en una piltrafa moral, cuya sola proximidad contaminaba. Tampoco olían, aquellos diamantes. Pero puede que destellaran demasiado.</p><p class="paragraph">Como los diamantes africanos entonces, el oro y la cocaína han sido moneda habitual ahora de esa Venezuela a la que Chávez, Maduro y Delcy –«¡Mi príncipe!»–, condenaron a ruina e impago en moneda inodora. El oro y el narco han sido, para la dictadura venezolana, los últimos recursos estables de pago en el comercio internacional. Su perfume, ese sí, da miedo.</p><p class="paragraph">Aún seguimos preguntándonos, por ejemplo, qué carga tan importante contenían las faraónicas maletas de Delcy Rodríguez, como para exigir que fuera el número dos de Pedro Sánchez el que personalmente las protegiera en Barajas. Y las hiciera desvanecerse, sin dejar pistas, en la gomosa noche madrileña de los coches oficiales.</p><p class="paragraph">Aquel número dos está ahora en la cárcel. Y la tal Rodríguez se ha trocado en escabel del que fuera su antiguo enemigo estadounidense. Mientras tanto, el jefe, cuya espalda ella primorosamente apuñaló, se pudre en una cárcel de la que no saldrá verosímilmente nunca. Y ella pasó a entronizarse como «Califa en lugar del Califa», que diría aquel «Infame Iznogoud» del gran Goscinny. Es este un mundo de pestilencias oscuras, frente a las cuales palidece la más desalmada novela negra. O el cómic más extremo.</p><p class="paragraph">No, puede que estas maletas del correveidile de Zapatero tal vez no olieran. Mejor para él, si cargaban tan sólo moneda de curso legal a kilos. Puede ser que otras de las cosas que haya de revelarnos el turista transitorio &#39;Julito&#39; lleguen a ser algo menos pulcras. Menos pulcros han sido, al cabo, los tráficos de crudo venezolano en estos años: huelen, más bien, demasiado.</p><p class="paragraph">Tanto como para perfumar al conjunto de una familia a la que el hombre que perseguía el infinito amor hacia los humildes no pareció tener mayor escrúpulo en encomendar la encomiable tarea lavadora: la que devolviera al dinero acarreado su textura inmaculada. No, no huele el dinero. Huelen fatal los orígenes oscuros de toda la riqueza que se ha puesto en movimiento en esas galerías de sombra por las cuales se movieron Chávez, Maduro, Delcy… Esos grandes filántropos a los que amaba Zapatero.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Un gobierno de rentistas</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260928/gobierno-rentistas_463329.html</link>
      <description>Cuanto más intervenga el Estado –esto es, los ladrones con impunidad garantizada– en repartos y costes del suelo, más endemoniadamente turbio se irá haciendo ese mercado. Y más imposible la vida: sobre todo, la de los más jóvenes. Y ya lo es mucho.</description>
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      <pubDate>Mon, 28 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Pancarta en Sol: «O caen los rentistas o cae el gobierno».</p><p class="paragraph">El gobierno. Breve enumeración de rentas patrimoniales:</p><p class="paragraph">–Pedro Sánchez (presidente, junto a su esposa Begoña Gómez (procesada). Ocho propiedades inmobiliarias: seis viviendas y dos plazas de garaje.</p><p class="paragraph">–María Jesús Montero, exvicepresidente y exministra de Hacienda: tres viviendas y un local.</p><p class="paragraph">–Luis Planas, ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación: cuatro viviendas.</p><p class="paragraph">–Félix Bolaños, ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes: tres viviendas.</p><p class="paragraph">–Óscar Puente, ministro (es un decir) de transportes (es otro decir) y de movilidad sostenible (ni decirlo). Seis inmuebles: cuatro viviendas y dos plazas de garaje.</p><p class="paragraph">–Óscar López, ministro de la cosa digital: cuatro muy poco virtuales inmuebles.</p><p class="paragraph">–Pilar Alegría exministra de educación (eso dicen): dos viviendas y un apartamento.</p><p class="paragraph">–Isabel Rodríguez, ministra justamente de vivienda y agenda urbana. Siete propiedades inmobiliarias: tres viviendas, dos plazas de garaje y dos trasteros.</p><p class="paragraph">–Yolanda Díaz, superferolítica y concienciadísima ministra de Trabajo y vicepresidente. Dos inmuebles: una vivienda y un despacho.</p><p class="paragraph">–Y, seamos justos, hay dos ministros, dos, que declaran no poseer propiedad inmobiliaria alguna: Diana Morant y José Manuel Albares. Quede constancia de su honorable rareza.</p><p class="paragraph">–En cuanto a las oscuras propiedades del condenado Ábalos, ¿es necesario hablar de guarrerías?</p><p class="paragraph">Pancarta actualizada en Sol. Propuesta: «O caen los gobernantes o cae el gobierno». Ellos sabrán.</p><p class="paragraph">No es delito ser rentista inmobiliario. Para ninguno de ellos. Tantos currantes españoles se sacrificaron para adquirir los inmuebles con los que contaban, de cara a complementar en su día, alquilándolos, su insuficiente jubilación, que explicar que eso es legítimo –e incluso meritorio como forma de ahorro– da vergüenza. Seguiría no siendo un delito, aun cuando alguno de tales habitáculos hubiera sido adquirido con dinero familiar de origen más o menos obsceno. Así es la vida. En una familia te puede tocar de todo. Proxenetas, también. No es delito ser pariente de gente mala. Punto.</p><p class="paragraph">Pero, si no es delito para el presidente del gobierno y para un buen puñado de ministros –de altos funcionarios y de diputados de todos los partidos, ya ni hablo–, ¿habría de serlo para propietarios privados, ya sean individuales, ya sean societarios? Parece difícil legislar el modo de expropiar a un ciudadano de a pie sin simultáneamente hacerlo a más de medio gobierno. Y Dios sabe a qué porcentaje de los diputados del parlamento y el Senado. A no ser que se legisle con nombre y apellidos. Lo cual, como cualquiera en su sano juicio sabe, no es legislar. La universalidad es el principio fundante de la ley en las sociedades modernas.</p><p class="paragraph">La vivienda es un problema grave en España. Empezó a serlo cuando, en los inicios de la Transición –hace ya casi medio siglo–, los partidos entendieron que la única financiación posible era, en el primer peldaño, la sustracción del suelo edificable al mercado y su tutela bajo las autoridades políticas locales. Lo del 2 %, que tanto escandalizó en el parlamento autónomo de Cataluña, era la norma universal que todo constructor te narraba entonces –y supongo que te sigue narrando– como el razonable apaño pagado para recalificar terrenos no edificables. No hubo un solo partido con representación que no se llevase su parte alícuota de eso. Es el pecado original, a partir de cuyo modelo se fue tejiendo la infinitamente más compleja trama de corrupción cuyos aspectos más visibles nos golpean ahora.</p><p class="paragraph">El aumento del coste para producir una mercancía sólo puede compensarse con un aumento de su precio. Fue lo que, de inmediato, sucedió. Si alguien compara el precio de la vivienda a inicio de los años ochenta con el de hoy, tal vez no sobreviva al susto. Puede engañarse a sí mismo quien así lo quiera: cada cual tiene el consuelo que se merece. Pero nada ni nadie retraerá esos precios a cifras asequibles, mientras la escasez de suelo edificable siga imponiendo costes sobredimensionados. Y, cuanto más intervenga el Estado –esto es, los ladrones con impunidad garantizada– en repartos y costes del suelo, más endemoniadamente turbio se irá haciendo ese mercado. Y más imposible la vida: sobre todo, la de los más jóvenes. Y ya lo es mucho.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>La izquierda antisemita</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260925/izquierda-antisemita_462509.html</link>
      <description>El libro llevaba el sobrio título de Reflexiones sobre la cuestión judía. Lo había escrito, en 1954, un autor entonces de moda llamado Jean-Paul Sartre. Aprendí allí algo que cualquier joven izquierdista de final de los sesenta sabía un postulado: que «el antisemita es cualquier cosa menos un hombre»</description>
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      <pubDate>Fri, 25 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Asfixiados por el cúmulo de indignidades que nos asfixian estos días en una España corrupta hasta la médula, puede que ni siquiera reparemos en la pequeña anécdota: una escritora judía ha sido excluida del debate literario al cual estaba invitada a participar en Granada. A Ariana Harwictz se le reprocha, no el escribir bien o mal que se supone criterio único para un encuentro literario; se le reprocha no haberse avenido a eso que los organizadores juzgan una evidencia más allá de lo discutible: condenar el «genocidio» de Israel en Gaza. Y, bajo tan retumbante redoble de conciencia, condenar todo aquello que  a la autoproclamada «izquierda intelectual» española se le antoje llamar sionista: esto es, aniquilable. Llaman a eso ahora «cancelación». Los que hemos vivido bajo una dictadura conocemos su nombre verdadero: «censura». Bajo su forma más extrema, la más inapelable que haya conocido Europa desde 1945: la reducción a cenizas del «enemigo». Que exige la previa demonización de su escritura como arma satánica.</p><p class="paragraph">En el curso del tiempo, todos hemos sido muchos: Esos muchos quedan en nuestra memoria y en el balance inflexible de nuestras responsabilidades. La continuidad –y la gravedad moral– de cada uno de nosotros se atesora en sus renuncias. Que nada cancelan. Porque ni Dios siquiera –enseñaba San Agustín– puede hacer que lo que fue no haya sido. Y sólo la más horrible de las enfermedades –neuronal o bien ética– posee la clave negra del olvido. Pueden ser quemados los libros. No es una novedad. Koestler narra el sosegado estupor de Sigmund Freud ante el relato de las hogueras que, en la primavera vienesa de 1933, fueron alimentadas con sus libros y con los de tantos otros, a los que como a él se juzgó y condenó por «judíos y degenerados». Una muchedumbre ferviente de vieneses ovacionó esa quema.</p><p class="paragraph">En mi memoria, igual que en la de todos, me asomo a la constancia de haber sido muchos. Todos los cuales llevaban el mismo código alfanumérico llamado DNI. Y en cada uno de los cuales tomaban vida pensamientos y convicciones diferenciados. Pero no olvido. Aún. Sé –veo a aquel que fui en ese momento– que, como tantos de mi generación, accedí a mis primeras certezas morales y políticas –inequívocamente izquierdistas– leyendo, a los quince años, un librito de apenas doscientas páginas que, en su edición de bolsillo, conservo en mi biblioteca. El libro llevaba el sobrio título de <i>Reflexiones sobre la cuestión judía</i>. Lo había escrito, en 1954, un autor entonces de moda llamado Jean-Paul Sartre. Aprendí allí algo que cualquier joven izquierdista de final de los sesenta sabía un postulado: que «el antisemita es cualquier cosa menos un hombre». Y que la defensa de Israel es la defensa del hombre libre. Y que sólo a un neonazi irredento –esto es, a un aspirante a genocida– se le podía ocurrir pedir la destrucción del único Estado democrático del Cercano Oriente. Y exigir que cuantos judíos allí habitasen fueran arrojados al mar.</p><p class="paragraph">Ya, ya sé que el viejo Sartre no está de moda. Pero, ¿qué quieren que les diga? A mí las modas me han traído siempre al fresco. Prueben sus detractores a escribir las 692 páginas de <i>El Ser y la nada</i>, o las apenas doscientas de <i>Las palabras</i>. Y luego hablamos. O –más sencillo– relean aquel ensayo sobre el antisemitismo que es el mejor retrato de los canallas de entonces. Y de los de ahora.</p><p class="paragraph">Jakobson –maestro absoluta de la lingüística contemporánea– nos enseñó la nulidad de las metáforas cuando son sacadas de su lugar propio: la poesía. Y el riesgo de imbecilidad que ese desplazamiento impone. No hay vacío jamás en el lenguaje. Las palabras no son espejo de la realidad. Son fábricas del sujeto que las pronuncia y que por sus reglas de enunciación es cincelado. Las palabras, por cierto, da título al último y más bello libro de Sartre: la historia íntima de cómo lo leído construye al niño que un día habrá de responder de cada una de sus decisiones.</p><p class="paragraph">Metáforas. En el año 1990 publiqué un libro –<i>Desde la incertidumbre</i>– en el que trataba de describir lo elemental: la estafa que opera en el uso anacrónico de la metáfora «izquierda / derecha». ¿Qué inventa esa metáfora? Porque es una metáfora. Fechada. Verano de 1789: recuento rápido de la votación acerca del veto real en la Asamblea Constituyente francesa. Metáfora menor que da retrato de la distribución de los votantes en la sala y que, en aquellos años, era mucho menos habitual que la de «llanura / montaña», para designar la topografía de los bancos asamblearios.</p><p class="paragraph">Mediado el siglo XIX, la metáfora se impuso. Primero, para designar a los adeptos a la concepción «progresista» de la historia de matriz hegeliana. Jacques D’Hondt, en su <i>Hegel secreto</i>, ha hecho una disección altamente erudita de aquellos usos. A decir verdad el «progresismo histórico» estaba conceptualmente muerto y enterrado desde las lecciones que dicta Schelling en el Erlangen de 1821. De las cuales, por cierto, está a punto de aparecer este otoño –¡al fin!– la edición crítica en español. Pero no va uno a pedirle a los políticos que se lean esas cosas. Para ellos, el oxímoron «izquierda antisemita» es pleonasmo.</p><p class="paragraph">Quienes sigan repitiendo la metáfora deben saber que lo hacen como siervos. De lo más perverso. De una lengua que les ha sido impuesta. De un sistema de metáforas cuya caducidad ignoran. En suma, de la estupidez consagrada.</p><p class="paragraph">¿Alguien recuerda a Alicia? «¿La cuestión está en saber quién es el amo». De las palabras, por supuesto. «Punto y final», sentencia Humpty Dumpty.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Partido-Narco: sólo asco</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260923/partidonarco-solo-asco_461578.html</link>
      <description>No es nuevo lo de dar a los jueces un escarmiento. Fue rutina en la caótica Italia de los años ochenta y noventa, con un pie en el estribo de la guerra civil... El verbo «eliminar» cubre un campo semántico cuyas fronteras son difusas. Repugnantemente difusas. En la prolija escala de lo delictivo</description>
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      <pubDate>Wed, 23 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">«A mí no me hubiera gustado ser la Beatriz». La Beatriz es una juez. La juez que instruía el procedimiento contra el hermano artista del presidente del gobierno. Era el año 2024. El «hombre enamorado» Pedro Sánchez ha amagado con marcharse, tras el inicio de la investigación judicial contra su esposa. Y esa que, dos años después y en su florida jerga, cuenta por qué no le hubiera gustado ser Beatriz entonces, ejerce de matriarca en un pútrido clan narco con algún que otro cadáver a cuestas.</p><p class="paragraph">Había recibido un sustancioso encargo en esas fechas: «eliminar» a la magistrada Beatriz Biedma. El contratante: la red –que el PSOE pagaba por orden de Cerdán–, a cuya cabeza opera la pestilente fontanera del partido. ¿Moneda de cambio? La vista gorda que la Fiscalía haría hacia los tráficos de la banda. Porque, ¿quién no sabe ya a qué órdenes debe ajustarse la Fiscalía? «Pues ya está». La jefa del clan narco se asusta: eliminar a una juez es excesivo. Incluso para su tribu. Además, ¿quién con honor se avendría a dar fe a las promesas de un político?</p><p class="paragraph">Por los mismos días de 2024, el sutil Patxi  López bramaba su fe moral desde Ferraz: «¡Yo, con Begoña!». Y él era también millones, aseguraba. Millones, todos a coro, tras el luminoso sendero que iba marcando el enamorado yerno de Sabiniano: «Yo, nosotros, todos, con nuestra inmaculada lideresa». También con su cuñado músico, al cual –¡pobrecito!– estaba acorralando esa patulea prevaricadora de unos magistrados que se empeñan en no entender que a la esposa de un presidente nadie puede exigirle licenciatura en nada para ser catedrática universitaria. Ni al hermano de un presidente, es lícito hacerlo pasar por un tasado concurso de méritos para plaza en conservatorio. ¿Pidió acaso alguien cuentas a un plagiario de tesis doctoral para ser presidente del gobierno? Exigir a la esposa o al hermano aquello de lo que el cónyuge está exento, ¿no será acaso una variedad refinada de micromachismo?</p><p class="paragraph">Eran los mismos días. La empleada del partido del tal cónyuge y hermano anudaba contrato de servicios con el clan narcotraficante que «quitase de en medio» a la desconsiderada juez que nada había entendido del respeto que se debe al hermano de un líder carismático. Y a su esposa. También a la respetable red de burdeles familiares que asentó su emprendedora bonanza.</p><p class="paragraph">No es nuevo lo de dar a los jueces un escarmiento. Fue rutina en la caótica Italia de los años ochenta y noventa, con un pie en el estribo de la guerra civil... El verbo «eliminar» cubre un campo semántico cuyas fronteras son difusas. Repugnantemente difusas. En la prolija escala de lo delictivo. Hasta llegar a aquella media tonelada de explosivos que trituró al juez Falcone en mayo de 1992, junto a su colega la juez Morvillo y tres de sus escoltas. Y, dos meses y medio después, al juez Borsellino y a los cinco policías que lo protegían. Esa vez, la Cosa Nostra redujo costes: 110 kilos tan sólo de TNT.</p><p class="paragraph">Sabíamos que estábamos gobernados por una mafia… Pero esto…  El narco puro y simple. En su variedad aldeana. A punta de cachicuerna y recortada. Ni en Sinaloa se hacen las cosas de un modo tan bestia. Hasta para la sórdida red de apoyos mutuos que hizo zozobrar toda conciencia moral en la política española es excesivo. Inimaginable. Casi.</p><p class="paragraph">La información de Alejandro Entrambasaguas en El Debate tiene algo de aquellas desalmadas novelas negras de la gran época: las de un Horace McCoy muy sucio, por ejemplo. Habla de una realidad más sórdida, más mugrienta que la de cualquier relato <i>hard-boiled</i>. Habla de un presidente cuyo hermano estaba entonces en trance de ser juzgado por delitos que avergonzarían a un ratero de callejón. De un presidente cuyo partido pone al frente de sombrías mafias a su fiel navegante de cloacas. Le otorga sueldo para que libere de pasar vergüenzas al fraterno delincuente. La tal estercolera habría ofrecido trato a criminales locales para rematar la faena. Objetivo ejemplarizante: «eliminar» a aquella juez Biedma, que estaba poniendo en riesgo ese sosiego que era tan esencial para el artista incomprendido de la familia. No, tampoco es que se trate de matar a la juez. De amedrentarla sólo. Eso se dice siempre. Pero es que la que sabe, sabe. Y la matriarca del clan narco lo tiene claro: «A mí no me hubiera gustado ser la Beatriz…». Rechaza el trato.</p><p class="paragraph">En la Italia de los años ochenta y noventa se diseñó el modelo. Todo juez que abría procedimiento contra redes mafiosas se sabía sentenciado a que lo «eliminasen». Muchos lo fueron. No a punta de navaja. Camorra y Cosa Nostra hacían gala de aparataje militar de más envergadura. Fue una guerra sanguinaria, que la Italia del sur aún no ha acabado de pagar. Ecos de aquel desasosiego nos vuelven ahora en esta España de enjuagues entre capataces sanchistas y navajeros narcos. Y no hay escalofrío épico aquí. Hay sólo asco.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Los muertos</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260921/muertos_460736.html</link>
      <description>Los últimos informes académicos cifran el número de letras que es capaz de leer hoy un estudiante español: con exactitud, algo menos de un página. Comprenderlas, ya es otra cosa</description>
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      <pubDate>Mon, 21 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">«…Y escucho con mis ojos a los muertos». Los muertos nos habitan. Los muertos somos nosotros. Eso nos conmueve en los libros. Nada más que eso. Y tan sólo saberlo nos da en bloque lo idéntico de la ética y la estética. De aquellos que no están, nos viene el chispazo de absurda bondad, el chispazo de inesperada belleza que se impone sólo el tiempo de un instante a toda tiniebla. Nada más.</p><p class="paragraph">Los muertos me están mirando ahora con sosiego desde los anaqueles de mi biblioteca. Son lo mejor que ha existido en la especie humana. Tan horrible ella, en sus términos más universales. Tantas veces me quedo quieto, silencioso, en el epicentro de esta habitación en penumbra. Y algo que se parece a lo que me han contado que debe ser llamado felicidad me atraviesa. Sin voces resonantes ni proclamas: toda grandilocuencia ofende al tenue encaje de las letras bien escritas. Los libros que no contenían eso fueron ya a la basura. Hace tiempo.</p><p class="paragraph">Me vuelve entonces –siempre es así– la memoria de aquel gran señor del siglo XVI que impuso a los preceptores de su recién nacido hijo dirigirse a él tan sólo en latín y griego clásicos, antes de que comenzase a hablar la vulgar lengua de su país nativo. Aquel padre opulento había dilapidado, con placer suntuoso, buena parte de su no poca fortuna en adquirir pacientemente los volúmenes de una de las más extraordinarias bibliotecas de su tiempo. Apenas sabía leer. Y, desde luego, no conocía una sola palabra de lenguas clásicas. Le daba igual. Ya adulto, aquel hijo, que aprendió a hablar en latín y en griego antes de hacerlo en el francés del cual sería el primer prosista moderno, iba a dibujar el más conmovedor retrato de un padre analfabeto, dispuesto a arruinarse para hacer de la vida de su hijo un paraíso de libros, lo que es lo mismo, de fantasmas.</p><p class="paragraph">Y la imagen del Señor de Montaigne, inmóvil en el cruce de aquella infinita biblioteca, ninguna de cuyas páginas le sería jamás dado descifrar, dejándose atravesar por los rayos de luz de esos prodigios para los cuales él estaba condenado a permanecer ciego, es el más bello canto a la paternidad que haya sido escrito nunca. El que lo lea hoy, en los cincelados <i>Ensayos </i>de Michel Eyquem de Montaigne, sabrá quizá percibir a qué punto de degradación anímica ha llegado nuestro siglo.</p><p class="paragraph">Los últimos informes académicos cifran el número de letras que es capaz de leer hoy un estudiante español: con exactitud, algo menos de una página. Comprenderlas, ya es otra cosa. En la compacta edición de <i>La Pléiade</i>, que reproduce la del año 1595, los <i>Ensayos</i> ocupan 1975 páginas. De placer puro. Para estos residuos humanos en cuyas cabezas no cabe más de un folio, recomiendo aquí –a modo de consuelo a la impotencia moral– la lectura de la página 196 (I, 27). Podrán hacerse una idea –aunque sea tenue– de los placeres que su eunuquismo les hace inaccesibles. Iba a citar el pasaje. Sería ofensivo. A cada cual dar con su vía de acceso. O abandonarse a la esterilidad satisfecha.</p><p class="paragraph">Los muertos sólo no son estériles. A los que hemos decidido abandonar nuestra vida entre sus lápidas, que pueblan las estanterías de lo único que importa, la biblioteca, algo al menos nos llega de su lejano susurro. Y ese susurro, nada más que ese susurro, justifica una vida de hombre. ¿Lo demás?, ¿los demás?, ¿los que dicen llegar exhaustos a algo menos de una página? Sombras. Sólo. Viven los muertos. En minúsculas hornacinas de letras. Que habitan ya en muy pocos. «… Y escucho con mis ojos a los muertos».</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>No es IA. Es clan proxeneta</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260918/no-ia-clan-proxeneta_459968.html</link>
      <description>Uno puede encontrarse al primer ministro de su nación descuartizando en finas lonchas a una viejecita, después de haberla violado metódica y prolijamente. La pantalla le impondrá la certeza de que ha sido un acto filantrópico</description>
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      <pubDate>Fri, 18 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Dicen unos cuantos de esos apocalípticos que andan siempre profetizando apocatástasis, que está a punto la inteligencia artificial de destruir a los humanos. Yo no acabo de creérmelo: demasiado racional para ser cierto. No me conmueve demasiado, en todo caso.  Me trae a la memoria algo leído, creo, en André Malraux, y que era, creo, una sabia y milenaria admonición hinduista: algo así como que «el hombre es la carcoma del mundo».  Como las cucarachas, difícil de fumigar. Compadezco a cualquier inteligencia –artificial o biológica– que se aventure a tal combate. Acabará carcomida por la perfecta amalgama de maldad y estupidez a la que llamamos «lo humano». Allá ella.</p><p class="paragraph">Hoy vivimos en la fase, por fin consumada y hermética, de la idiotización universal de la especie. En la cual, no inteligencia, sino burricie –artificial como espontánea– impera. Con despotismo infinitamente superior al de cualquier dictadura. La enseñanza ha sido destruida. En todos sus niveles. Por hablar de aquí, no existe ya ciudadano de menos de cuarenta años que sea capaz de abrir <i>El ruedo ibérico </i>de Valle Inclán por la primera página de <i>La corte de los milagros</i> y cerrarla tras leer la última línea de Baza de espadas. Se puede seguir llamando ciudadanía a esto. Pero tengo mis dudas. Esclavo es término muy bondadoso para atisbar su esencia.</p><p class="paragraph">Todo ha quedado en una repetición, en serie acelerada, de consignas políticas cada vez más simples, más breves –¿cuántas sílabas programáticas se aventurará a leer un votante contemporáneo antes de acercarse a una urna?–, más complacidas en mirada lacaya. La sobredosis anestesia. En las drogas morales, tanto como en las farmacológicas. Y ya ni siquiera la bestialidad que el consumo masivo de esas drogas morales que generaron las pantallas en la masa ciudadana es percibida por quienes las consumen como lo que son: universal servidumbre. Modo muy bondadoso de llamar a la memez.</p><p class="paragraph">Uno puede encontrarse al primer ministro de su nación descuartizando en finas lonchas a una viejecita, después de haberla violado metódica y prolijamente. La pantalla le impondrá la certeza de que ha sido un acto filantrópico. O, mejor aún, cotidiano e indiferente. Y todo seguirá igual. Nada importa. La anestesia política tiene la misma eficacia que la quirúrgica. Puede serle amputada al ciudadano que se prefiera la mitad de su cerebro y seguirá tan contento. Las pantallas dicen que es este el mejor de todos los mundos posibles. Y que los que se oponen a aceptarlo son sólo enemigos de la feliz libertad con la que el yerno de Sabiniano mima a sus adorados caniches.</p><p class="paragraph">Y, si una juez –¡una juez!– se atreve a denunciar haber sido acosada por una banda de narcotraficantes al servicio del hermano del cuñado de Sabiniano, ninguna conmoción impondrá en la cabeza acorchada de sus enamorados siervos. Es lo que hay. ¿Para qué quejarse?</p><p class="paragraph">No, no parece inmediato aquel apocalipsis de las máquinas que anticipaba la película de James Cameron. El apocalipsis de la inteligencia, sí, llegó ya. De la mano de la generación de políticos más despreciable en la historia moderna; tal vez, de la historia a secas. Y, sí, puestos a ver cómo es exterminada la humanidad de la cual fuimos parte, prefiero ser víctima de una hiper-racional IA que de esta recua de patanes, proxenetas y ladrones: esta recua tan hortera, tan analfabeta.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>&#39;Salvapatrias&#39;</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260916/salvapatrias_459103.html</link>
      <description>¿Se da cuenta el gobierno de que, al condenar que una juez no haya accedido a avenirse a informarlo de sus investigaciones judiciales en Ceuta, está llamando a suprimir la división de poderes? Porque un juez que rinde cuenta a un gobierno no es ya un juez</description>
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      <pubDate>Wed, 16 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">El <i>password</i> es &#39;salvapatrias&#39;. De momento: las consignas en la política moderna son fruta de estación. Efímeras. De momento, vayámonos haciendo el oído a su hiriente machaconería. Ni más ni menos imbécil que lo de aquello de la «narrativa», que hubimos de soportar en inanes lenguas que no sospechaban siquiera estar diciendo «mitología».</p><p class="paragraph">Desde Moncloa, los cochambrosos destructores de la lengua, que trabajan al servicio del yerno de Sabiniano, han dado con el nuevo mantra con que machacar nuestros sufridos tímpanos. «Salvapatrias», erigido en insulto a la medida de esos jueces que tienen la osadía de tratar al patrón y a su señora como iguales penales de cualquier otro verosímil delincuente. Las palabras construyen el mundo. A la medida de sus no muy ilustrados gestores, cuando se trata de palabras políticas; o con premeditación de que puedan parecerlo.</p><p class="paragraph">&#39;Salvapatrias&#39; es palabro que no acepta el Diccionario. Acabará por hacerlo, porque toda necedad está siempre camino de ser consagrada. Sobre todo, si excede en el mal gusto. Es una de esas «palabras maletín» –con permiso o sin él de Lewis Carroll– que conglomeran, pies por cabeza, las intenciones –mayormente, pésimas– de quien trata de hacerlas pasar por conceptos. «Patria», de denostada resonancia entre la gente autoproclamada «progresista» en este país que se avergüenza de sí mismo. Adherido a «salvación», horrible residuo teológico en una sociedad que perdió el sentido estético de la gran teología.</p><p class="paragraph">Así que «jueces salvapatrias»: consigna impuesta por saturación. Acuñada por un gobierno en el que ejercen un par de jueces. A los cuales se les supone lo básico del oficio judicial: que un juez no es más que el funcionario que defiende autónomamente la aplicación de la ley igual para todos. Esto es, la división de poderes. Esto es, la pequeña astucia definitoria de las democracias: que a todos –sin excepción a todos– los ciudadanos les sea aplicada la misma ley y con igual rigor. Nadie piense que eso existió siempre. Tal «rareza» comienza un 17 de junio de 1789. Ese día, en Versalles, los tres Estados –hasta entonces sometidos a tribunales, leyes y penas distintas– votan disolverse en Asamblea Nacional. Y, con todos sus vaivenes, Europa se abre a sus algo más de dos siglos de democracia.</p><p class="paragraph">Claro que a los acuñadores de consignas, que cobran jugoso salario en La Moncloa, todo eso se les da un ardite. Ellos son publicitarios con patrón de lujo. ¿La democracia? ¿Y cómo se vende eso en los supermercados? Aquí de lo que se trata es de meter el mayor número de votos posibles en una urna: suntuoso ejemplo del jefe en Ferraz hace unos años. Lástima que lo pillaran con las manos en las papeletas. Seremos más cuidadosos. No volverá a pasar.</p><p class="paragraph">No, no «salvan patrias» los jueces. No es su función. Salvan –preservan, por decirlo en un léxico menos resonante– la patria –en menos resonante, la nación–, frente a lo arbitrario de un poder al que, sin ellos, nada ni nadie impediría delinquir. Y, si la esposa del presidente, o el presidente mismo, o alguno de esos ministros suyos que fueron jueces un día, se considera abusado por cualquier magistrado en ejercicio, también él tiene a su disposición la ley que prevé llevar a ese juez ante los tribunales por un delito de gravedad muy pesada: prevaricación. Si, como el gobierno apunta a través de sus diversos ministros con voz única, la juez Tardón es una más de la banda de «salvapatrias» que viola la ley para beneficiar a supuestos enemigos del Estado, su derecho –y, aún más, su obligación– es querellarse contra esa magistrada y exigir su expulsión de la carrera. De no hacerlo, sólo les queda someterse al procedimiento al cual todo ciudadano está por igual sometido.</p><p class="paragraph">Democracia es división de poderes. Una dictadura puede, sin problema mayor, convocar elecciones con regularidad. Siempre que se reserve la potestad de delinquir impunemente. Y –consúltese a la señora Kirchner– de eliminar como ejemplo a un juez de vez en cuando. Sin garantías judiciales, las elecciones son sólo un acto escénico, un engranaje más de la servidumbre. Sin garantías judiciales, Zapatero sería –en feo neologismo no incorporado por el Diccionario– un «crematómano». Lo cual no tiene coste. Con división de poderes, bien puede ser que vaya ya camino de presidiario.</p><p class="paragraph">Sólo la autonomía judicial nos preserva de un poder ejecutivo que, en las sociedades modernas, es un devorador sin apenas límite. Y se sabe tendencialmente impune. El juez no crea la ley que aplica. Bien o mal, lo hace el parlamento. Y cada magistrado en ejercicio es sólo su ejecutante: con márgenes de interpretación restringidísimos y sometidos a rigurosa supervisión de instancia. ¿Se da cuenta el gobierno de que, al condenar que una juez no haya accedido a avenirse a informarlo de sus investigaciones judiciales en Ceuta, está llamando a suprimir la división de poderes? Porque un juez que rinde cuentas a un gobierno no es ya un juez. ¿Se dan cuenta Sánchez y sus ministros de que están proclamando la conveniencia de arrumbar la democracia? A lo mejor sí.</p><p class="paragraph">El <i>password</i>, de momento, es &#39;salvapatrias&#39;. Cuando el eslogan canse, ya darán los publicitarios con otro.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>NY cumple 25</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260914/ny-cumple-25_458316.html</link>
      <description>Pero los paraísos terrenos son precarios. La barbarie islamista no ha hecho más que recordárnoslo. Y no hace falta siquiera que venza. Nuestro modo de vida, el dulce desenfado del esplendor libre, ha sido aniquilado. No volverá.</description>
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      <pubDate>Mon, 14 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Pasó un cuarto de siglo. Nada.</p><p class="paragraph">Por aquel entonces, con el reciente cambio de siglo, las otrora luminosas fantasías de futuro habían declinado. Y un 11 de septiembre fueron borradas. Ni aun los más pesimistas, ni aun los más apocalípticos, hubieran previsto sin un rictus de risa irónica que las guerras de religión volvían. A una escala mundial para la cual no había precedente. A una escala letal que ni la más extrema literatura futurista hubiera fantaseado.</p><p class="paragraph">El islam iniciaba la versión más sanguinaria de las múltiples yihad que tejieron su desasosegante historia. En el torrente de esa santa guerra seguimos. Siguen también, quiéranlo o no, todos cuantos siguen negándose a llamar por su nombre a esta mutación trágica que se tragó aquellos ingenuos optimismos de un mundo que, en el decenio final del siglo veinte, quiso empecinarse en repetirse el mantra idiota de que la historia había terminado. Para bien. Y que, con ello, una era de paz perpetua estaba en curso de abrirse. Sea abrió esto: lo contrario. La guerra de religión, que es siempre la forma más monstruosa de la guerra. Todos vivimos ahora en la casi certeza de que nada logrará acabar con ella. Un cuarto de siglo después de las Torres. Veinticinco años de barbarie que tan sólo ha crecido. Exponencialmente.</p><p class="paragraph">La barbarie se prolongó en locales matanzas, dispersas por todos los puntos del planeta. Desde el Bali de los desprevenidos veraneantes de Kuta al París doblemente golpeado, Bruselas, Madrid, Barcelona… A los asesinatos fuertemente personalizados de esos devotos chóferes que juegan a los bolos con anónimos transeúntes en ciudades infieles… Al aún más personal acuchillamiento de un escritor indefenso… O al de un ingenuo profesor que no excluía a las alumnas musulmanas de sus clases de anatomía… A guerras civiles de exterminio en países cuya implantación musulmana permitía soñar a los fieles con un emirato: Iraq, Siria, Yemen… A un loco pogromo contra campesinos israelíes que no podía sino desencadenar una guerra de desenlace catastrófico… A un retorno de las formas más bestiales de esta judeofobia de ahora, que tiene en España –y, sobre todo, en su gobierno– la variedad más extrema desde el fin del nazismo…</p><p class="paragraph">Sí, la barbarie ha vencido. En la medida misma en la que no nos es ya posible vivir sin plantar cara militar a la barbarie. En la medida en que pocas esperanzas caben de retornar a aquel tiempo de relejada libertad y plena tolerancia que hizo de Europa lo más parecido a un paraíso terreno entre 1948 y 1992. Pero los paraísos terrenos son precarios. La barbarie islamista no ha hecho más que recordárnoslo. Y no hace falta siquiera que venza. Nuestro modo de vida, el dulce desenfado del esplendor libre, ha sido aniquilado. No volverá.</p><p class="paragraph">De repente, Edward Gibbon se ha convertido en manual del día a día. Su <i>Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano</i> alza la crónica de nuestra irrefrenable extinción ante el avance de los bárbaros. Tantas veces he leído y releído en este último cuarto de siglo las páginas de ese monumento erudito del año 1776. Y he entendido que hablaba de nosotros. Y que, sí, que es irrefutable que, mucho antes de ser tomada por los bárbaros, Roma era ya bárbara.</p><p class="paragraph">Pasó un cuarto de siglo. Nada. En las calles europeas, mujeres de rostro velado dicen, sin lugar a equívoco, que la soñada igualdad de sexos, que fue motor esencial de modernidad a partir de los años sesenta del siglo pasado, se extinguió. En el comedor de los colegios, las restricciones alimentarias, exigidas por una superstición descerebrada, se han hecho norma. Se enseña en esos colegios una devoción que pone a los humanos hembra varios escalones por debajo de la humanidad plena ejercida por sus varones. Las violaciones cometidas bajo tal privilegio, se juzgan rasgo cultural y están menos mal vistas. Los matrimonios impuestos o las clitoridectomías son cosa de fe que merecen el mayor respeto… Retroceso tras retroceso. Sospecho que los de mi edad no veremos ya otra cosa.</p><p class="paragraph">Pasó un cuarto de siglo. Nada. Empezó nuestra extinción. Es todo.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>El espía y las ratas</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260911/espia-ratas_457546.html</link>
      <description>Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido de un modo miserable: en el papel protagonista de Marruecos como autor de la invasión, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo…</description>
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      <pubDate>Fri, 11 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">A los que, hace más de medio siglo, fuimos tragados por los geométricos laberintos de Smiley, nos sacó anteayer de nuestro sueño dogmático el ingenioso delegado del gobierno en Ceuta, un tal Pérez Triano. John le Carré nos engañaba. Las infinitas sutilezas de muñeca rusa, cuyas trampas que ocultan trampas acaban por ser al fin las únicas verdades, no son más que barroquismos literarios: pura leyenda. El «espía que surgió del frío» no transmitía misteriosos mensajes cifrados en las cifras de otras cifras. Hacía llegar pulcros sobres sellados. Y en ellos desentrañaba la unívoca verdad del mundo. «Cuando el CNI tiene una alerta, lo entrega en un sobre lacrado y lo da a las autoridades».</p><p class="paragraph">Fin de todas las mitologías demasiado literarias: el lacre es mágico. Le Carré se equivocaba. O, más bien, nos tomaba el pelo. Smiley no era un espía travestido en gris funcionario. Era un gris funcionario con placa bien abrillantada de espía en la puerta de su elegante despacho. Y el delegado del gobierno en Ceuta, por supuesto, no es un lince. Mejor me callo lo que todos pensamos que es. Que no dimita, por favor. Nos seguirá alegrando muchísimo la vida. No sé si tanto se la alegrará a un primer ministro que persevera en su camino hacia el presidio.</p><p class="paragraph">Porque es ese destino, y no el  del sutil Pérez Triano, lo que está en juego en un pasmoso movimiento de tablero que, de no ser golpe de genio más allá de lo pensable, aparenta ser el arrebato del suicida que ansía ser fulminado por un jaque mate. Claro que nadie va a ser tan ingenuo como para creerse que un gobernante –ni siquiera el fatuo yerno de Sabiniano– vaya a dejar a la luz los archivos secretos de sus servicios de inteligencia. Eso equivaldría a disolverlos: el secreto es la condición de ser de esos servicios. Y su disolución –guste o no constatarlo– es la disolución del Estado.</p><p class="paragraph">Porque el Estado no es una ONG más o menos benéfica. Es una máquina de poder, permanentemente enfrentada a máquinas de poder competidoras o adversas. Crueles, por igual, todas. Adversas entre sí, cuando no explícitamente enemigas. En la eterna guerra de los intereses nacionales, ni un solo actor perseveraría en pie sin el ejército a la medida exacta de sus intereses y a la contramedida de sus competidores. Ni un solo ejército sobreviviría al menor conflicto serio sin servicios de información tan eficaces cuanto opacos. No hace falta saberse de memoria a Sun-Tzi para entender que el arte de poder y guerra es arte de simulación escénica. Arte de engaño que sólo en la cerrada tiniebla es operativo.</p><p class="paragraph">De ahí que, cuando el yerno de Sabiniano anunció que iba a publicar los informes del CNI sobre la «marcha ceutí» de su monarca Mohamed VI, a todos nos diera un golpe de risa tonta. ¿De cuándo acá se hacen públicos por orden de un gobierno los secretos del Estado? Seamos serios: eso sucede. Sí. Cuando un régimen cae. El ejemplo de los ficheros secretísimos de la Stasi, tras la caída del muro de Berlín, es paradigmático. Convertidos en archivo público, son hoy paraíso de estudio para los historiadores. Los dramas que esas aperturas arrastraron en los países del Este tuvieron su mejor retrato en el aterrador Versión corregida del húngaro Peter Esterházy: la reduplicación de un mundo falso que devora al verdadero. Y lo envilece.</p><p class="paragraph">Pero que un sujeto con el fuste moral del yerno de Sabiniano se aviniese a hacer públicos informes tan arriesgados, luego de la risa, movía más bien a alarma. ¿Qué tramaba esta vez el compi del joyero Zapatero? Nuestro estupor no hizo más que incrementarse cuando la extraña promesa fue cumplida. Porque sí, seguro que hay más, mucho más, que lo publicado. Pero, con lo que hemos leído, una cosa queda ya clara: que la versión del CNI y la versión del gobierno –y, en particular del presidente y de su ministro del interior– se destruyen mutuamente. Sin matiz alguno. Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido de un modo miserable: en el papel protagonista de Marruecos como autor de la invasión, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo… En suma: el gobierno de España ha actuado al dictado del Sultán de Marruecos. Y, en efecto, si eso no es alta traición, es que los diccionarios no sirven ya para nada. Y el código penal, tampoco.</p><p class="paragraph">Sólo en la podredumbre de un Estado germina la exhibición de un choque así entre el ejecutivo y sus servicios secretos. Los destemplados rostros del banco azul en la última comparecencia parlamentaria del jefe Sánchez empiezan a sernos ahora descifrables. El epicentro de la guerra no está en la raya de Marruecos. Está en Moncloa. Alrededor de la mesa del consejo de ministros. Todo aquel que aún pueda, va a saltar por la borda: es la hora de las ratas. Y de los espías con sobre lacrado. A Smiley, le hubiera divertido el espectáculo.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Cuando burdel es sauna</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260909/cuando-burdel-sauna_456632.html</link>
      <description>El enigma no es cómo el jefe de una banda de gánsteres, o bien ya en la cárcel o bien camino de llegar a ella, pueda permanecer impávido en la Presidencia de un gobierno europeo. El enigma –y la vergüenza– es cómo más de un tercio de un país civilizado pueda seguir votándolo.</description>
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      <pubDate>Wed, 09 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Así pues, el que un día fuera juez y persona decente, Fernando Grande-Marlaska (antes, Marlasca), se habría hecho elaborar su concienzuda lista de periodistas «afectos y desafectos». No es muy original. Ni una sola dictadura del siglo XX prescindió de esa cartografía. En mi familia, todos fuimos marcados en la segunda categoría durante cuatro decenios. Hoy, conservo lo que sobrevivió en los archivos de aquellas fichas como mi único linaje de nobleza. Ignoro de cuál de ambas estirpes proviene el que un día fuera digno juez Grande-Marlaska (o Marlasca). Pero sé que el tiempo todo lo corrompe.</p><p class="paragraph">El despotismo político es una artesanía de los afectos. De los desafectos, por tanto. Perdóneseme mi afición por los clásicos: vicios profesionales con los que te marca una larga carrera académica. Pero es que aquel a quien es convención leer como primer codificador de la teoría política moderna, un judío español afincado en Rijnsburg allá por el siglo XVII, comienza precisamente por la palabra <i>affectus </i>su primordial tratado político: «los afectos a los cuales somos sometidos». Y, muy sensatamente, fija el oficio político en un dispositivo capaz de anatomizar sus engranajes, en lugar de perder el tiempo enfadándose o regocijándose con sus fechorías.</p><p class="paragraph">El siglo XX llevó esa artesanía del dominio a su perfección conceptual. Que no consiste en otra cosa que en el cincelado milimétrico de la estructura afectiva de las mentes. Consumado en un lenguaje autorreferencial que impone en cada hablante la perspectiva hermética del que manda. Revistiéndolo siempre con la amabilidad de una filantrópica entrega al bien común más sagrado. Victor Klemperer, en su magistral <i>Lengua del Tercer Imperio</i>, resume su eficacia en la creación de una mentalidad homogénea en los alemanes de los años treinta: «Ninguno era nazi, pero todos estaban intoxicados». Ninguno era un asesino en masa, pero en todos se repetían los prefabricados tópicos de lenguaje que permitían –en rigor, forzaban a– llamar al homicidio filantropía. Y, como tal, aceptarlo.</p><p class="paragraph">He encontrado enseguida en mi biblioteca el libro de Klemperer. Su hermano, gran director de orquesta, huyó a tiempo. Sobre él, judío que tuvo el mal gusto de conseguir catedra en la Universidad de Dresde, cayeron las leyes de exclusión racial. Expulsado de su cátedra y prohibido su acceso a las bibliotecas, Victor Klemperer abandonó su proyectada obra magna sobre Dante. E hizo lo único que un filólogo puede hacer sin libros, sin archivos. Lo único que sólo precisa buen oído, papel y lápiz: la analítica de los usos del lenguaje trastocados por el nazismo; la metamorfosis del habla en una red de delirios mitológicos, a los que la repetición institucional mutaba en respetables. «Esa verdad orgánica no es pensada ni desarrollada por el intelecto» –de ahí su eficacia, subraya–, «sino que existe en ‘el centro misterioso del alma humana’». Y de ahí que la «fe» en el sumo sacerdote de esa red de afectos primara sobre cualquier otro criterio. De un antiguo colega docente, Klemperer obtiene esta sutil respuesta a sus interrogantes sobre la irracionalidad del dictador en ejercicio. «No es cuestión de entender, hay que creer. El Führer no puede ser derrotado. No es cuestión entender, sino de creer. Yo creo en el Führer».</p><p class="paragraph">Casi un siglo después, el enigma no es cómo el jefe de una banda de gánsteres, o bien ya en la cárcel o bien camino de llegar a ella, pueda permanecer impávido en la Presidencia de un Gobierno europeo. El enigma –y la vergüenza– es cómo más de un tercio de un país civilizado pueda seguir votándolo. Hay que «creer en el líder Pedro Sánchez». Servidumbre voluntaria, llamaba a eso otro clásico. Pero la servidumbre voluntaria no es una maldición mágica. Exige un refinado dispositivo: la máquina de producir afectos; y desafectos.</p><p class="paragraph">Esa máquina tiene un viejo y respetable nombre: propaganda. Los regímenes totalitarios de entreguerras entendieron muy bien su primacía: que consiste, básicamente, en amalgamar lo público y lo privado; hacer así, de cada ciudadano, una esponja del anestésico estatal que en los espacios menos «políticos» le es dispensado. Los artefactos que homogenizaban la amalgama en los años veinte y treinta del siglo pasado eran limitados. Unas pocas máquinas de entretenimiento privado –cine y radio, sobre todo–, fueron las grandes configuradoras sentimentales de mussolinismo, hitlerismo, y stalinismo. Cumplieron eficazmente su misión. Pero eran limitadas en su alcance. La segunda mitad del siglo XX acabó por idear los instrumentos definitivos para convertir en mazmorras de servidumbre los rincones más íntimos de cada domicilio. Las pantallas de televisor y redes son hoy, más que la prótesis de un puré neuronal cada vez más insípido, el puré neuronal mismo.</p><p class="paragraph">Los cerebros se fueron por el sumidero. Y los propagandistas (hablar de periodismo aquí es un insulto) a sueldo del señor Marlaska (antes Marlasca) son el árbol de ejes de esa maquinaria. Dan asco. Y ganan pasta. Sería consolador, al menos, conocer sus nombres. Tan consolador como moralmente prioritario. En fin, volvamos al sereno saber de Klemperer: «El lenguaje del vencedor no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira y se vive según él». O cuando a los burdeles llamamos saunas.</p><p class="paragraph">Y sí, está bien que, junto a esa recua de sinvergüenzas sujetos «afectos», el ministro que cree en Sánchez haya contrapuesto la lista maldita de los «desafectos». Gracias, señor exjuez Marlaska. O Marlasca. O como demonios quiera usted llamarse. Gracias.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Francia ante el manicomio</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260907/francia-ante-manicomio_455853.html</link>
      <description>Un psicópata eficacísimo, el tal Mélenchon. Y, como todo psicópata eficaz, un superviviente nato. El más digno heredero, en resumen, del cínico François Mitterrand; esta vez, en sincera versión manicomio</description>
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      <pubDate>Mon, 07 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Tengamos la cortesía de evitar, en lo posible, la retórica. Jean-Luc Mélenchon no es extravagancia política. Es psicopatía vulgar y corriente. Esas cosas se tratan –y hasta se curan– en los frenopáticos. No es para tanto. De momento.</p><p class="paragraph">Si, como anunciaban anteayer las encuestas en Francia, el antisemita Mélenchon tuviera garantizado el paso a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de abril, entonces sí, la extravagancia tomaría tintes serios. Desde el ascenso de un paranoide pintor vienés de brocha gorda a la cancillería –y luego a la omnipotencia– alemana en 1933, un tal triunfo de la psicopatología sobre la política no se había impuesto en Europa. Y no, no sería sólo la Quinta República Francesa la que entraría en barrena. Todo el proyecto europeo –la UE no es, al fin, más que el oropel decorativo del eje París-Berlín– bailaría en precario sobre el último estambre de una maroma deshilachada.</p><p class="paragraph">Como otros tantos horrores de la Francia contemporánea, Mélenchon es criatura de François Mitterrand. Biografía ejemplar, la del fallecido presidente: de la extrema derecha de los Croix-de-Feu a la presidencia socialista a perpetuidad, pasando por la fidelidad condecorada por Pétain en Vichy y a sucesivos ministerios en los gobiernos más reaccionarios de la Francia de la IV ª República. De Gaulle –que, ideologías aparte, era un tipo decente– tenía de él el peor concepto que se pueda tener de un hombre. El general acertaba. En 1971, Mitterrand disolvió el viejo y respetable socialismo francés (la SFIO) para fundar una cosa nueva, de propiedad exclusiva suya: el PS. Se atrajo, como aliado indispensable, al tan bienintencionado Michel Rocard; apenas llegado al poder, le cortó el gaznate. Hizo asesinar a los ecologistas del Rainbow Warrior. Le salió gratis. Todo. Se eternizó en la presidencia. Hasta el umbral mismo de la muerte: espíritu intachable de monarquía republicana. Tras él, el socialismo francés quedó en escombros y envilecido. Personaje horrible. No se discute. Y listo como el diablo. Se discute aún menos.</p><p class="paragraph">¿Por qué el monarca Mitterrand se dignó poner los ojos sobre un personajillo insignificante y obviamente desquiciado, como lo era el entonces joven Mélenchon? Nunca tentaron a Mitterrand los arrebatos sentimentales. Él era un <i>killer</i>. De temible eficacia. Detectó enseguida que el 68 se había saldado con una doble derrota. La de los revolucionarios. Inmediata. Y la de un general De Gaulle, a quien muy poco tiempo de supervivencia le auguraba la carcoma de su régimen. Quien quisiera hacerse con el poder vacante debía recoger los residuos del izquierdismo vencido y amasarlos bajo etiqueta respetablemente conservadora. «Socialista», por aquel tiempo, tenía aún esa resonancia. Debía también garantizarse, desde el momento fundacional, el absoluto control único del engendro.</p><p class="paragraph">Fueron cayendo en su red los desengañados del primer armamentismo –hoy se diría terrorismo– de la maoísta <i>Gauche Ouvrière et Paysanne</i>. Y la fracción menos respetable del trotskismo francés: los «lambertistas» de la OCI, profetas de la infiltración en los partidos socialdemócratas –lo que se llamaba entonces «entrismo»–. Lionel Jospin, el más brillante de los ministros «entristas», abre a Mélenchon el camino hacia un Mitterrand que gusta de esos decorados juveniles para cazar una bolsa específica de su electorado. Tampoco es que la de Mélenchon fuera una carrera política deslumbrante: un ministerio –que era, en realidad, un viceministerio– creado a su medida por sus viejos camaradas Jospin y Lang, con el pintoresco nombre de «ministro delegado para la enseñanza profesional ante el ministro de la Educación Nacional». Demasiado largo para ser serio.</p><p class="paragraph">Luego, vaya usted a saber por qué capricho, al monarca Mitterrand le dio por morirse. Para entonces, el discípulo desquiciado había aprendido un par de cosillas acerca de cómo crecer sobre el cadáver de los colegas. Y fue liquidando todo cuanto pudiera quedar de las viejas izquierdas. Con ellas hizo lo que Mitterrand hiciera antes con los socialistas. No estará demasiado bien de la cabeza. Puede. Pero, en lo de decapitar a los amigos, no ha tenido igual en los dos últimos decenios. Un psicópata eficacísimo, el tal Mélenchon. Y, como todo psicópata eficaz, un superviviente nato. El más digno heredero, en resumen, del cínico François Mitterrand; esta vez, en sincera versión manicomio.</p><p class="paragraph">Ahora, todas las encuestas proclaman a Mélenchon seguro candidato a la segunda vuelta presidencial francesa en abril del 27. Frente a una candidata igual de segura: Marine Le Pen. Y el estupor no es ya sólo de Francia. Es la UE la que no acierta a entender qué es este monstruo que ella misma ha creado.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>El Sultán se divierte</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260904/sultan-divierte_455147.html</link>
      <description>No hay conflicto moral entre los contendientes. ¿Cómo podría haberlo? ¿Va a ser menos digno acaso el descendiente de un profeta que el yerno de un proxeneta con teléfono móvil hackeado? La partida es entre iguales</description>
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      <pubDate>Fri, 04 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">La prueba de que Ceuta –vale igual para Melilla– no es Marruecos es que los ciudadanos marroquíes se matan –literalmente, se matan– por salir de Marruecos y entrar en Ceuta. O en Melilla. No hablemos ya de Canarias. Al ritmo de ciento cuarenta y seis ahogados en una sola tacada. Al de los millares de cadáveres que devoró el mar en el correr de los años.</p><p class="paragraph">El Sultán, mientras tanto, se divierte. Los cadáveres animan mucho la marmórea monotonía de un teócrata. Ser linaje del Profeta y único interlocutor de Alá, debe de ser bastante duro. Y aburrido. «Diversión». RAE, tercera acepción del Diccionario: «Acción de distraer la atención y fuerzas del enemigo». Sinónimo, según la RAE: «cachondeo».</p><p class="paragraph">El juego del Sultán es, además, altamente rentable. Porque nadie ha sabido que al Sultán lo haya movido nunca otro incentivo que el de incrementar sin límite su pecunio. A ese tipo específico de diversión concede la RAE el nombre de «chantaje: extorsión (presión sobre alguien)». Tiene ese juego una clave imprescindible para el éxito: que el adversario a quien se aplique sume en sí los rasgos primordiales de incompetencia y cobardía. Reunidas ambas virtudes en un sujeto que tuviera a su arbitrio los presupuestos de un Estado, el Sultán no podría no saber que al alcance de sus dedos tiene un maná. Sin consunción. Un don inapreciable, sin duda, de origen celeste. Privilegios de un linaje santo.</p><p class="paragraph">No hay conflicto moral entre los contendientes. ¿Cómo podría haberlo? ¿Va a ser menos digno acaso el descendiente de un profeta que el yerno de un proxeneta con teléfono móvil hackeado? La partida es entre iguales. ¿Cuál de las dos progenies va a ganar la partida? ¿Alguien lo duda? De verdad y en sosiego, ¿lo ha dudado un instante nadie?</p><p class="paragraph">Hablemos, pues, del refinado juego del chantaje. Un extorsionador, una amenaza crítica y un pardillo encadenado a Pegasus. Los sobrevuela el rico beneficio que acumula el tapete verde de los tahúres; porque, a ver, ¿quién sería tan bobo como para meterse en todo ese esfuerzo de raptar y negociar sin un substancioso envite sobre la mesa? El juego del chantaje puede desplegarse en diversos niveles. ¿El más alto? El secuestro. De toda una ciudad. Y, a través de ella, de un Estado. Y es ése un juego que exige del chantajista álgebras negociadoras complejas. Y aún más complejas complicidades.</p><p class="paragraph">El arte del chantajista consiste en nunca consumar su amenaza de cercenar el cuello del secuestrado. Y sí, dar muestras suficientes de poder hacerlo. Se envía a la familia un dedo o dos del desdichado. No la cabeza, porque entonces nada habría ya de valor con lo que continuar el regateo. La cabeza cortada del caballo, en la secuencia legendaria de <i>El Padrino</i>, no prologa la decapitación del productor de cine renuente al favor solicitado. Sugiere lo que podría llegar a ser de él si eso que tan amablemente se le pidió no es concedido. No se corta el pescuezo a la gallina de los huevos de oro. Si es posible evitarlo. Con algo tan prosaico como dinero. Pagado al que maneja la sierra mecánica.</p><p class="paragraph">Poseer Ceuta no es interés prioritario del Sultán. El cual puede aparentar ser un montón de cosas. Desagradables. Pero no tonto. Su interés está en la cifra de lo que, a cambio de no poseer Ceuta, pueda embolsarse. No es pasión patriótica más o menos enloquecida; es serenidad contable. Ceuta marroquí acabaría por ser un harapo más en la harapienta economía del sultanato. Poco beneficio –a la larga– obtendría de eso el sacro «comendador de los creyentes». Porque Ceuta –nadie se deje engañar por las retóricas– le es rentable a Marruecos en la medida sólo en que no es Marruecos.</p><p class="paragraph">¿Hasta dónde llega un chantaje? Dicen los clásicos que el derecho de alguien llega tan lejos sólo cuanto llega su potencia. Pues eso.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>El que vuelve</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260902/vuelve_454246.html</link>
      <description>Sólo en lo efímero alienta un rescoldo de eternidad. Lo eterno se encierra en este estar seguro de que nadie volverá a poner sus pies, sobre las huellas que sellaron pasos nuestros, a los cuales dejó en nada la piedad del mar</description>
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      <pubDate>Wed, 02 Sep 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">En días como estos, cuando la inaugural luz de septiembre trueca el mundo de anteayer en otro, porque sólo el rotar de las estaciones transfigura el universo para mejor repetirlo; en días como éstos, días de volver a casa, a la aceptada rutina a la cual llamamos casa, todo nos es retorno a la celda de salida. ¡Una vez más! ¡Qué pereza!</p><p class="paragraph">Ante el papel, pues. Hoy. De nuevo. Ante el reproche callado de la reseca estilográfica, que quedó abandonada a la asesina canícula madrileña. Cuatro semanas de lejanía, y quisiera decir casi de olvido, no bastan para aliviar el peso de abrir otra vez los ojos. Como platos. A un presente aún más vulgar que odioso. Primer día. Que es siempre inaugural. Porque, ¿qué vida?, se pregunta el que escribe, ¿podría atribuírsele al pasado? Al alcance de su mano está Quevedo: «soy un fue y un será y un ser cansado». De esa fatiga debe un hombre sacar todo cuanto él es. Sin los consuelos vanos del recuerdo. Sin las brumas que despliegan risueñas promesas de mañana. Retorna a lo real. Es todo. Y, en el umbral de este retorno, nada va a querer saber hoy de los obscenos mercachifles del Estado; de esa banda de bandas que –es su oficio– prestidigitan el arte de envenenar nuestras vidas. Es su oficio, sí. De mala gente.</p><p class="paragraph">Mañana, mañana se le impondrá avenirse a escribir de lo que importa, de eso que, desde siempre, arruina nuestras vidas: el mal, ese mal sin calificativo que ofician desde el poder los sinvergüenzas. Pero es que hoy el primer sol lo ha despertado muy temprano. Madrid, en las filosas madrugadas de septiembre, es un don que habría que estar loco para no saberlo inmerecido. Bajo la fría cuchilla de este vermeil muy pálido, sobre cuyo pulido espejo la ciudad se insinúa, perder el átomo de un segundo en evocar a la mala gente sería pecado. Mortal. Ya habrá tiempo para tantas sordideces. Demasiado. Sabe eso. Lo acepta. Hoy, no. Lee, en un libro muy viejo, la voz de un viajero perdido: «anhelo cada día retornar de vuelta a casa». Pero él sabe que el lugar al cual se vuelve no es ya aquel que abandonaste.</p><p class="paragraph">Hoy va a preferir dejarse llevar, como en volandas o como en un sueño grato y profundo, a lo largo de la fría línea de luz que alarga inverosímilmente su sombra entre la plaza de España y el Palacio de Oriente. Decide, por un día, regalarse un destello de <i>flâneur </i>baudelairiano: ver todo, no jugar a nada. Y, como Baudelaire, soñarse aquí tan sólo pasajero de sí mismo, transeúnte, indolente turista de su propia vida. Ser este que todo lo anhela ver; apreciar, nada. Lo embarga, sin haberlo convocado, un fármaco benevolente: el de los libros. De ellos le fue dado aprender que nada son los recuerdos; los proyectos, menos aún que nada. En tan sólo el desierto del presente un hombre es libre. Los otros tiempos del verbo engañan. Saborea la maravilla de que Parménides supiera eso, aun antes de existir la palabra «filosofía».</p><p class="paragraph">Inventar lo que fue es –y bien está que lo sea– lenitivo para resignarse al presente: esto que nunca nadie ha elegido. Pone en pie el teatrillo del primordial turista: el que nada recuerda de lo visto. Porque repetir agosta. Y el que recuerda, repite. Sólo hay primeras veces: lo demás son ficciones. Y una estepa acumulada de ayeres mustios.</p><p class="paragraph">En cada esquina de cada ciudad, acecha el eco de un error. O de un acierto. Pretéritos perfectos: lo mismo. Esto es: nada. Al cruzar cada calle, da en la sombra de una apuesta. Perdida. O, peor aún, triunfante. Seres que fueron. Ahora, nada. Eso es la vida. La vida, al menos, que merece ser tenida en cuenta, cuando el tiempo, como siempre, gana el juego.</p><p class="paragraph">Lo que él fue, apenas le es reliquia. Mejor así: sólo en lo efímero alienta un rescoldo de eternidad. Lo eterno se encierra en este estar seguro de que nadie volverá a poner sus pies, sobre las huellas que sellaron pasos nuestros, a los cuales dejó en nada la piedad del mar. Nadie va a repetir sus gestos. No, no es que eso vaya a ser bueno ni malo. Es. Inexorable. La eternidad entera cabe en la certeza matemática de que nada hay en haber sido. Y el transeúnte vaga, al azar, entre la niebla de su paradoja. De sí, recuerda lo que él fue; lo que él no es, por tanto: un divertido acertijo de fantasmas. ¿Su mundo? Igual que el de todos: <i>res derelicta</i>. En días como éstos. Demasiado bellos.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Sánchez teme a Zapatero</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260731/sanchez-teme-zapatero_445400.html</link>
      <description>Nadie del fuste moral del filantrópico coleccionista de joyas acepta ser conducido gratis y en soledad al calabozo. Pero, ¿a quién por encima de él podría endosar el catalogador de nubes los años de cárcel que se corresponden con las cifras de lo robado o desfalcado?</description>
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      <pubDate>Fri, 31 Jul 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">Zapatero no es fiable. Para Sánchez. En el hombre que hizo de sus hijas parapeto para blindar los tejemanejes financieros que hoy acaban en imputación judicial, ¿podría nadie, de verdad, fiar confianza alguna?</p><p class="paragraph">Hay una vieja y venerable tradición siciliana que dicta que aquel que rompe el eje diamantino del honor familiar debe ser por todas las familias condenado al ostracismo. No es un sujeto seguro. No es siquiera un sujeto. Para nadie. Menos que para nadie, para sus superiores. Apenas cabe un matiz a esa fina perspicacia palermitana: que, en este caso, el plural sobra. Porque el sujeto que hizo de sus hijas pantalla para turbios apaños de dinero no tiene «superiores». Tiene «superior». Uno sólo. El gobernante, en función de cuyas dádivas a no muy claras empresas, era pagado al austero conseguidor su ecuánime porcentaje. UCO y juez llevan ya detectado –joyas aparte– un flujo de dinero oscurísimo que sobrepasa los tres millones de euros. Lo más grave es que todos –digo «todos»– sospechan –o más que eso– que estos tres millones son apenas el chocolate del loro. Y que la partida sería se ha jugado en torno al petróleo del eje Caracas-Pekín, a través de bancos chinos judicialmente impermeables.</p><p class="paragraph">Zapatero no es fiable. Tal es la machacona cantilena con la que los fantasmas de la Moncloa han venido amenizando los crepúsculos de julio en palacio. Cómo amenizarán las bellas noches estrelladas que el idílico refugio en La Mareta les tiene programadas. Nadie del fuste moral del filantrópico coleccionista de joyas acepta ser conducido gratis y en soledad al calabozo. Pero, ¿a quién por encima de él podría endosar el catalogador de nubes los años de cárcel que se corresponden con las cifras de lo robado o desfalcado? No hay cuestión de Estado más urgente que esa para el único, para el <i>One</i> que todo lo sobrevuela.</p><p class="paragraph">Y, no nos engañemos, el tal <i>One</i> no es animal de arriesgar partícula subatómica alguna en sus beneficios propios por mor de vagas debilidades sentimentales hacia los caídos. Sobre todo si el alivio sentimental hubiere de ejercerse hacia un viejo amor, ahora ya más muerto que vivo.</p><p class="paragraph">En las películas de vaqueros de mi infancia, ante un letal asalto comanche en campo abierto, los del séptimo de caballería se parapetaban en círculo, haciendo saco terrero de sus caballos muertos. En Moncloa, andan cerrando su círculo propio de cadáveres a modo de trinchera. Sólo que no con caballos. Un conmilitón moribundo es un colchón más eficiente para flechas envenenadas. No, no es política lo que se anuncia en septiembre. Es una de vaqueros. Serie B. Con mucha sangre, con demasiadas vísceras. No hay ternura que aquí valga. A desalmado, en política, nadie va a ganarle la partida a Sánchez. ¿A no ser Zapatero?</p><p class="paragraph">En el cálculo del presidente, el último parapeto, el último saco terrero erizado por las flechas enemigas, es su siempre sonriente mentor en paraísos terrenales. ¿Aceptará el idílico profeta del «amor por el bien, el ansia infinita de paz y la mejora social de los humildes» (2017) este tan bondadoso, apacible y humilde sacrificio que le ofrece el ahora todavía Jefe?</p><p class="paragraph">Puede hacerlo. Y pagar, entonces, él solo toda la cuenta penal que a la «organización criminal» se le imputa. Puede. Confieso que no tengo nada claro que se avenga. Puede también tomar nota de su amigo Julito o del colega Aldama. Y cantar solemnemente. Con la misma solemnidad boba de siempre.</p><p class="paragraph">Agosto se cierra con el inicio del fin de Zapatero. Penúltimo escalón. ¿Disparará hacia arriba? Nadie lo dude. Como el escorpión que, aupado sobre la rana para sortear el río, clava su aguijón en el lomo de su cabalgadura, el destino de Zapatero –idéntico al de Sánchez– es matar. A todo cuanto se interponga entre él y la impunidad. ¿Cuál de los dos desenfundará más rápido? Todos habremos de verlo. Es para septiembre, el duelo. Pero que nadie olvidó el nombre del árbitro en este «OK Corral». The End. Conde Pumpido.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>El palurdo en su incendio</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260729/palurdo-incendio_444596.html</link>
      <description>Un patán –o un palurdo, como quieran– profiere, desde el ministerio de todos los robos, palabras de patán o de palurdo hacia la única política que dio la cara en los momentos difíciles. «Mamarracha», llama a Ayuso. Y eso, en boca de Óscar Puente, suena a condecoración muy alta</description>
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      <pubDate>Wed, 29 Jul 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">¿Puede un patán ser ministro? Puede. En España es, desde siempre, un mérito. En el gobierno del yerno de Sabiniano Gómez, un deber. Patán: «persona zafia y tosca», reza la última edición del diccionario de la RAE. En la de 1737, se añadía a eso un matiz curioso y que no tengo claro yo que pueda seguir siendo de uso: «Llámase así, porque ordinariamente tiene grandes patas o pies, y las hace mayores con el calzado tosco que trae». No sé…, habrá que consultarlo con el zapatero gubernamental.</p><p class="paragraph">No es un crimen, desde luego, ser un patán o un palurdo («persona rústica e ignorante», en la edición actual; «tosco, grosero», en la primera). Ni siquiera cabe insulto en uno u otro término: los diccionarios no valoran, definen. Y esa definición se ajusta como un guante a aquellos a quienes, por no ajustarse al convenido protocolo de la cortés convivencia ciudadana, la higiene moral y estética aconseja mantener lejos de potestad pública. Eso, naturalmente, en una sociedad para la cual la política quede incluida entre las tareas racionales. No así en España. Desde luego. ¿Quién podrá ejercer mejor como capataz de guardia de un amo sin principios que el sujeto que jamás vacile en ser «persona zafia y tosca», dispuesta a servir siempre en su oficio de cancerbero? Óscar Puente es epítome de tan gran mérito.</p><p class="paragraph">Está ardiendo la sierra de Madrid. Merced a la barbarie que, bajo máscara de «ecologismo», decidió que la bondadosa naturaleza debía ser dejada al albur de sus benéficas proliferaciones espontáneas. Hay bárbaros que, hace años y desde algún exótico paraje hispanoamericano, sentenciaron que extraer minerales era malherir a la dulce Pachamama. La imbecilidad es lo más contagioso en la especie humana. Y, en este pobre país nuestro, no hay contagio que no se trueque en epidemia; ni epidemia que no fije asiento endémico. A los bondadosos pachamameros de por aquí se les apareció la salvación del planeta bajo la forma rural de una pureza selvática. De la cual brozas y cuadrículas humanas debían ser abolidas. Hay que estar como una cabra para no entender que una masa vegetal sin acotar –esto es, sin humanizar– es material de incendio inextinguible. Cierto, se dirían. Pero es que el fuego también es naturaleza. Y digo yo que ellos supondrán que tiene –como la propia Pachamama– su tierno corazoncito.</p><p class="paragraph">El incendio de una masa forestal abandonada a su natural exuberancia es necesariamente devastador. Lo estamos viendo. No queda más que aguardar a que su combustible se agote. No queda más que aguardar a que lo que fue campo habitable quede ajustado a lo que la naturaleza dicta en todo: ascua y ceniza. Y rezar para que, al menos, no genere demasiadas muertes. Es lo que alucinados ecologistas han venido planificando durante decenios. Y lo que los capataces de Sánchez han logrado ejecutar hasta el disparo de gracia de este verano. «No hay que oponerse a la naturaleza», nos sentencia la tribu de apóstoles del bucolismo. Digo yo que, cuando un natural dolor de muelas los acose, se abstendrán inmaculadamente de ingerir un calmante. ¿Quién ha dicho que la aspirina sea natural? ¿Quién ignora que el bisturí del cirujano es artificio que hiere los designios naturales de vida y muerte? ¿Antibióticos…? ¿Y a quién puede ocurrírsele semejante blasfemia? A los mismos fachas, desde luego, que, para dar curso al perverso deseo de asesinar a la Sagrada Madre, marcan a cuchillo sobre su verde piel esos feos cortafuegos en invierno.</p><p class="paragraph">Llega el verano. No hay cortafuegos. Una vegetación reseca llama al incendio que purifica todo. Es el ansiado paraíso ecologista: Natura se purifica a sí misma con sus propias llamas. Y un patán –o un palurdo, como quieran– profiere, desde el ministerio de todos los robos, palabras de patán o de palurdo hacia la única política que dio la cara en los momentos difíciles. «Mamarracha», llama a Ayuso. Y eso, en boca de Óscar Puente, suena a condecoración muy alta.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Fuego y destino</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260727/fuego-destino_443783.html</link>
      <description>lo que es para nosotros abominable. Pero, la naturaleza no conoce monstruos. No conoce nada. Anuda sólo determinaciones. En cuya red, imágenes y escenas permutan todas sus posibilidades. Es una despiadada indiferencia, sin más ley que la de la combinatoria</description>
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      <pubDate>Mon, 27 Jul 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">El fuego. Al despertar, hay partículas de ceniza que, durante la noche de ventana abierta, motearon el escritorio. Se truecan milagrosamente en nada al roce de mis dedos. Sin dejar siquiera un rastro. Tan ingrávidas como polvo en alas de mariposa. Igual de bellos, sus matices de platino se deshacen en el aire. ¡Estoy, sin embargo, tan lejos del fuego, aquí, en el corazón viejo de Madrid! ¿Cómo pudo llegar hasta esta buhardilla esa mínima huella terminal de un fuego tan ajeno al ordenado mundo en que vivimos? La sierra, que se abrasa, queda lejos. Pero átomos dispersos del incendio serpentean minúsculas cascadas sobre la pantalla negra del ordenador, como píxeles y cifras en una excesiva película de ficción futurista. Y un vago perfume acre hace extraño el aire.</p><p class="paragraph">Hacia el cielo, la mirada se enreda en una gasa dorada muy tenue. Me digo, con remordimiento, que hay en ese como aliento sucio que se deslió en el inmenso azul del horizonte madrileño, una innegable belleza. Monstruosa. Así suele acaecer con todo cuanto en la naturaleza llamamos desmesura: lo que es para nosotros abominable. Pero, la naturaleza no conoce monstruos. No conoce nada. Anuda sólo determinaciones. En cuya red, imágenes y escenas permutan todas sus posibilidades. Es una despiadada indiferencia, sin más ley que la de la combinatoria. Sí, son verdad hiriente –y también resignada– los versos de Leopardi que nos susurran que no, que no tiene, ciertamente, en mayor estima o mimo esa naturaleza a la semilla del hombre que a la de la hormiga. Porque hormigas, al fin, somos todos en las combinatorias del titánico envite de sus juegos. Un piadoso pensador barroco concedía a los humanos el distinguido privilegio de saberse aniquilables, frente  a las ciegas fuerzas naturales que todo lo aniquilan sin siquiera saber que triunfaron ellas. Pero no estoy seguro yo de que eso consuele mucho a nadie.</p><p class="paragraph">En algún lugar, Borges –si mi memoria no me engaña demasiado, en más de uno– reduce toda la historia de la literatura a las prolijas –pero no infinitas– combinatorias de un escueto puñado de metáforas. El fuego es, con bastante seguridad, la primera. Un muy conocido relato de Cortazar cristaliza esa intemporalidad del mito, a través de la misma hoguera que sucede en dos tiempos que separan dos milenios. Pero, entre la Roma del siglo primero y el París de mediados del veinte, en los que el cuento despliega sus estrategias, uno solo es el fuego. Idéntico, inalterable. Y uno el destino de cosas y hombres a los que el fuego reducirá a nada. Nosotros. Misma aniquilación, mismas pasiones, igual ceguera. Siempre.</p><p class="paragraph">¿Dónde nació, para esta achacosa cultura nuestra, esa tal fascinación literaria del incendio? Fuego mítico de Troya, a cuya luz los héroes iniciarán su travesía de destrucción y sombras. Fuego sacrílego que alumbra Tito, en abril del año setenta, y que fijará en un pueblo entero la memoria intemporal del Templo, del humo del Templo, ya para siempre solo habitáculo del alma de sus fieles huérfanos. Fuego trivial de la Atlanta, en cuyo parpadeo dos amantes ven desaparecer el Sur en una noche que conmovió en salas de cine a dos o tres generaciones…</p><p class="paragraph">Las motas de ceniza –ingrávidas escamas unas, átomos que se desmoronan en cascada sobre el brillo azulado de la pantalla del ordenador las más– perseveran, sin siquiera revelar al que escribe por dónde llegaron. Ni retener su tacto. Las trajo de lejos un aire, amablemente fresco en esta madrugada inesperadamente suave de verano. Tal vez. Sin duda, las trajeron a mi ánimo dos líneas, todavía más lejanas, de la perdida Recopilación de opiniones en la cual Aecio deja constancia de su asombro –y, tal vez, su desagrado– ante la monstruosa doctrina de un maestro griego que, medio milenio antes de él, «declaraba que el eterno fuego periódico es Dios y es destino». Crueles ambos. O, peor aún, desafectos. «En la naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte. Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la que ella puede ser destruida». Y lo será. ¿Serenidad o desconsuelo? El fuego.</p>]]></content:encoded>
    </item>
    <item>
      <title>Septiembre en La Moncloa</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260724/septiembre-moncloa_442990.html</link>
      <description>No será ésta una caída incruenta. Nos espera un fascinante septiembre en La Moncloa. Fascinante y rudo. Delincuentes contra jueces. Oligarcas contra ciudadanos. Y un país desmoronándose</description>
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      <pubDate>Fri, 24 Jul 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph">A la espera de que caiga el eslabón de La Moncloa, ese que suelda el nudo de toda la red corrupta, el horno canicular encapsula la vida en un paréntesis de fuego e indolencia. La vida, para el señor de las corrupciones, empieza a profetizar un tránsito poco honorable del palacio a la cárcel, cuando llegue el otoño. Aunque vea yo al yerno de Sabiniano Gómez más dispuesto a desencadenar una guerra sin cuartel ni prisioneros, que a afrontar estoicamente la vergüenza del paso por un banquillo con verosímil desenlace en las mazmorras. Para gente como él, nada de lo que a una nación pueda sucederle es relevante. Importa sólo salvar el propio pellejo. Y, si es posible, sólo si es posible, los pellejos familiares. Al precio que sea.</p><p class="paragraph">Lo peor que pueden hoy hacer quienes aspiren a que tanta obscenidad sea pagada penalmente es seguir verbalizándola como asunto político. No lo es. Estamos ante el mayor cúmulo de delitos de derecho común que haya conocido la España contemporánea. No hay coartada retórica que sirva para enmascarar eso. Al margen de que tal coartada se pretendiese noble o bien infame. No, no hablamos de política. Ni siquiera de aquella política asesina que desplegaron los gobiernos de Felipe González durante los años GAL-Filesa. Esto de ahora es otra cosa. No diré que sea peor o bien que sea menos mala. Es distinta. Y como tal debe un analista diseccionarla.</p><p class="paragraph">Desideologizar es aquí exigencia prioritaria. El ministro ya condenado, los altos cargos de gobierno y partido a la espera de juicio, el condenado hermano artista, la esposa en puertas de juicio, la muchedumbre de imputados que aguardan su destino, el expresidente obscenamente enriquecido… no pasan por los juzgados en virtud de creencia alguna. Ni de derecha ni de izquierda, ni progresista ni reaccionaria. Se les ha condenado, imputado, procesado por delitos, todos ellos, relacionados con el robo, el tráfico de influencias, el enriquecimiento privado a costa de las arcas públicas. Lo que es lo mismo, el saqueo de lo que, con tantas privaciones, cede cada ciudadano en las manos y la tutela de la Hacienda pública.</p><p class="paragraph">Con el dinero de todos nosotros se pagaba el enriquecimiento personal del ministro Ábalos; y sus tristes alivios hormonales. Con ese mismo dinero se pagaba la vanidad de la hija de Sabiniano Gómez, empeñada en la cursi obsesión de inventarse una biografía nueva, sin burdeles familiares y con título de catedrática universitaria, ella que ni siquiera llegó a ser licenciada. Con el dinero de cada uno de nosotros se pagó la millonaria comisión del angélico Rodríguez Zapatero, a cambio de la cual una empresa dudosa obtuvo del gracioso gobierno, ayudas por valor de algo más de cincuenta y tres millones de euros. No, no es política. Es mafia. Sin matices ideológicos: ni salvíficos ni condenatorios. Mafia. Clásica. Exacciones que enriquecen a miembros de una organización jerárquica de delincuentes. Y punto.</p><p class="paragraph">Toda estructura mafiosa funciona sobre dos principios inviolables: fidelidad a la familia y jerarquía piramidal, cuyas órdenes se obedecen ciegamente. «Familia» debe aquí ser entendida en el doble sentido. En uso elemental, es la base funcional que trenza la fea –y tan equívoca– expresión «lazos de sangre»: hermano, esposa, progenie… En uso metafórico, familia es, para la lengua camorrista, la pléyade de todos cuantos, de la red de auxilios –legales e ilegales– que configura una banda, extraen beneficios y ofician prestaciones. Legales o ilegales. Es lo mismo. Porque una mafia no conoce más ley que la que dicta su endogamia estricta: todo debe quedar en casa. Violar tal regla es estar muerto.</p><p class="paragraph">El horno del ferragosto abre el lunes su paréntesis. Últimas cuatro semanas de aparente paz, bajo la cual se afilarán cuchillos. La búsqueda judicial ha ido subiendo los escalones de la pirámide delictiva. Todo confluye hacia el mismo vértice. Caído Zapatero –que, como dicen que él dice, está ya muerto–, sólo queda por poner nombre judicial al eslabón último que todo el mundo conoce: el nexo corruptor que cierra todas las redes. Porque, si Zapatero fue pagado por sobornar al Estado para regar de dones a sus clientes, ¿quién ejecutó el soborno? ¿Quién pagó los cincuenta y tres millones de Plus Ultra, por ejemplo? Por encima de ministros perfectamente inanes.</p><p class="paragraph">Cayó Ábalos. Cayó David Sánchez. Van camino de caer Begoña Gómez y José Luis Rodríguez Zapatero. Vienen más de camino: quedan para el otoño. ¿Caerá, arrastrado por ellos, el capo que se asienta en el vértice palaciego de la trama? Parece verosímil. Pero no será esta una caída incruenta. Nos espera un fascinante septiembre en La Moncloa. Fascinante y rudo. Delincuentes contra jueces. Oligarcas contra ciudadanos. Y un país desmoronándose.</p>]]></content:encoded>
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      <title>Zapatero inodoro</title>
      <link>https://www.eldebate.com/opinion/20260722/zapatero-inodoro_442064.html</link>
      <description>La «mordida» de lacayo y amo no está, esta vez, punteada por zafiros y diamantes. No da náusea el mal gusto de sus brillos. Es adusto dinero. Solo. «Unos 641.300 euros». Por una gestión muy alta. Y muy discreta. Etéreo capital que fluye por opacas cañerías. No, non olet, no tiene aroma. Y en nada turbará la nube lírica que es patria de Rodríguez Zapatero. Al igual que el dinero, los ángeles son inodoros</description>
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      <pubDate>Wed, 22 Jul 2026 00:00:00 UTC</pubDate>
      <content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph"><i>Non olet</i>, «no huele». Rafael Sánchez Ferlosio tituló con el tópico latino su brillante <i>summa </i>acerca de las virtudes del dinero. Hace –me doy súbitamente cuenta al escribirlo y me sorprendo– ya casi un cuarto de siglo. La fórmula procede de Suetonio, que narra una anécdota muy probablemente legendaria. Tito afea a su padre, el emperador Vespasiano, la grosera ocurrencia de poner un impuesto a los urinarios. El emperador toma en sus manos un puñado de monedas de oro. Lo planta bajo la nariz de su hijo. «¿Huele?», pregunta. Responde el otro: <i>pecunia non olet</i>, «no, el dinero no huele». «Pues es lo que gano con las letrinas». Fin de disputa.</p><p class="paragraph">José Luis Rodríguez Zapatero vive en la pestilencia –estética y moral– que a su nombre asocia un puñado de pedruscos, tan horteras como opulentos. Cosa de un millón trescientos mil euros, dicen los tasadores oficiales, calculando a la baja. A los de mi edad nos sacude más su traducción a las viejas pesetas de casi toda nuestra vida: unos doscientos dieciséis millones de nada (216.301.800, si mi calculadora digital no ha enloquecido). No está mal, nada mal. Casi tanto cuanto pueda merecer un emperador romano. Sólo que, éstas sí, apestan. Lo «ostentóreo» (bello hallazgo de un constructor corrupto, que merece ser consagrado por la Academia) hiere al ciudadano aún más que el tufo de las heces. Porque esa exuberancia en la ostentación del mal gusto asfixia. Y no hay manera de aventarla. «¡<i>Olet</i>, huele, qué asco!», hubiera sentenciado el emperador romano. Y, de inmediato, hubiera procedido a clausurar las tales joyas en un recipiente hermético. Algo así como una caja fuerte en despacho oficial. Allí quedarían como recurso último ante avatares extremos. Son la excepción. Para emergencias.</p><p class="paragraph">La excepción… ¿Y cuál, la regla? La regla para todos los días la pone una entidad metafísica. Sin cuerpo, sin olor, sin relumbrones. Puro espíritu. Se llama dinero. Y es uno de los inventos mayores del ingenio humano: el del intercambiador universal, al cual es atribuido un valor que ninguna relación guarda con su realidad física. Y que, así, está capacitado para circular sin límite e instantáneamente por circuitos tan invisibles como él mismo. Las joyas son un arcaísmo. Tan sucio, tan pesado, tan detectable y, en el límite, tan excremencial como todo lo corpóreo. El dinero es alma del mundo. Que ninguna barrera material retiene. Ni hiede ni perfuma. A Zapatero, en no mayor medida que a ningún otro.</p><p class="paragraph">Procedimiento judicial por la estafa «Plus Ultra». Escritos alegatorios, ante el juez, de corrompido y corruptores:</p><p class="paragraph">–Julio Martínez Martínez, de oficio testaferro de aquel querubínico sujeto al cual las bombas de Atocha elevaron de la nada a la Presidencia: «Precisamente por su condición de expresidente del gobierno y sus relaciones personales y profesionales, el señor Rodríguez Zapatero captó a las cuatro empresas que contrataron con Análisis Relevante hasta el año 2025».</p><p class="paragraph">–Julio Martínez Sola, presidente de la presunta corruptora «Plus Ultra». Información ayer en El Debate: «Según el escrito [dirigido al juez Pedraz], la relación con Julio Martínez Martínez se formalizó primero mediante un contrato de asesoramiento de doce meses, firmado en julio de 2020 entre Plus Ultra y la sociedad Análisis Relevante, por un importe de 5.000 euros mensuales más IVA. Más adelante, en enero de 2021, se negoció un segundo acuerdo, con la sociedad Idella Consulenza Estratégica, que vinculaba directamente la retribución al resultado del expediente: un 1 por ciento del importe finalmente concedido por la SEPI, cifra que ascendería a unos 641.300 euros». En sus conversaciones internas, la cúpula empresarial de «Plus Ultra» llama a eso una rentable «mordida». Es su nombre: el del uno por cien de los 56 millones concedidos a la fantasmal empresa por el gobierno de Sánchez. ¿Las hijas del ilustre comisionista? Maquetaban: 5.000 del ala al mes. Ante el juez, ahora, Martínez Sola aduce la constricción de fuerza mayor, que hacía de esa «mordida» a Zapatero última esperanza de salvar su empresa. Elegante diálogo entre directivos corruptores, acerca del tocable expresidente y de su hombre de paja: «Hablo con un lacayo (…) ya le dijo a Julio que montaron su <i>finance boutique</i>. Así que por [ahí] vendrá la mordida». El antaño presidente anda diciendo estos días que «está muerto». Lo estaba hace mucho tiempo. No se había apercibido.</p><p class="paragraph">Y la «mordida» de lacayo y amo no está, esta vez, punteada por zafiros y diamantes. No da náusea el mal gusto de sus brillos. Es adusto dinero. Sólo. «Unos 641.300 euros». Por una gestión muy alta. Y muy discreta. Etéreo capital que fluye por opacas cañerías. No, <i>non olet</i>, no tiene aroma. Y en nada turbará la nube lírica que es patria de Rodríguez Zapatero. Al igual que el dinero, los ángeles son inodoros.</p>]]></content:encoded>
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